Sólo veinte enfermos residen en la actualidad en la isla filipina de Culión, también llamada la isla de los muertos vivientes, que, a principios del siglo XX, albergó la mayor colonia de leprosos del mundo, una fortaleza prácticamente impenetrable en la que vivían como presos para aislarles del resto de la población. La isla quedó dividida en dos zonas, de enfermos y no enfermos, y para trasladarse de una a otra había que cruzar dos puestos de control vigilados por guardas armados hasta los dientes. El territorio tuvo hasta una moneda propia para evitar el contrabando y se separó a hombres y mujeres. Con el paso del tiempo y gracias a la eficacia de los nuevos tratamientos médicos, las autoridades relajaron algunas de las restricciones y se permitió el matrimonio entre pacientes.
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